«¿Locos?» de Juan Lagardera

Juan LagarderaDedicado a ASVATP.

A finales de 1989, una de las hijas del escritor Eduardo Haro Tecglen se suicidó arrojándose por el balcón. Fue una más de las tragedias vitales de quien se presentó ante los demás como un viejo progresista republicano, un rojo de armas tomar a juicio de sus conocidos. Haro tuvo seis hijos con su mujer y también prima, Pilar Yvars Tecglen, cuatro de los cuales fallecieron prematuramente. El sida y la locura fueron sus causantes. La reacción de Haro fue tremenda. Uno de sus artículos, que todavía puede consultarse en el archivo digital de El País, se tituló «La psiquiatría ante sí misma», y en él ajusta cuentas con la práctica psicológica moderna.

En aquella pieza periodística cargada de trilita, Haro Tecglen recuerda cómo el pensamiento liberador del siglo XX culpó a una sociedad alienante y discriminadora de las pérdidas de razón de sus ciudadanos. Ya no había locos ni perturbados. Era la sociedad, la política, la jerarquización y la dominación la que desarreglaba a las personas. En consecuencia, había que suprimir instituciones como los manicomios, aquellos frenopáticos de represión. La antipsiquiatría iría incluso más allá pidiendo la disolución de la familia convencional. Un médico italiano, Franco Basaglia, abrió de par en par las puertas del psiquiátrico de Trieste en 1977, dio por terminada la reclusión de los enfermos mentales y propugnó su renovada socialización. Poco a poco se cerraron todos los hospitales de salud mental italianos, y luego los españoles. Hace 35 años que una ley general de Sanidad dio por abolidos los manicomios en España.

Haro reflexionó sobre aquel movimiento. Habla en su artículo de las más de 400 depresiones catalogadas por algunos investigadores, de cómo determinadas prácticas psiquiátricas fueron calificadas como autoritarias porque los locos, en definitiva, daban respuestas sanas a sociedades enfermas. «En los centros psiquiátricos sociales –escribía Haro–, los internamientos apenas existen, o dan el alta en pocos días con la recomendación de que el enfermo continúe su tratamiento en un ambulatorio. No acuden. Una forma de la enfermedad consiste en no reconocerla y en, como queda dicho, que los enfermos atribuyan su propio comportamiento extravagante a que están psiquiatrizados». Hace más de treinta años de aquel inolvidable artículo en el que Haro terminó culpando del suicidio de su hija a aquella psiquiatría antipsiquiátrica, loca.

No hará ni unas pocas semanas, mi prima, Carmina Lagardera, viuda vigorosa y ya jubilada tras más de cuatro décadas ejerciendo el magisterio en el colegio de las Dominicas de Xàtiva, escribió un lacónico comentario en el whatsapp familiar compartido: «Mi hijo Beto ha fallecido». Rápidamente la llamé, pero no me contestó hasta pasados unos días. Fue entonces cuando todos sus cercanos supimos el calvario que había vivido durante los últimos años con su hijo, un niño tranquilo, listo y habilidoso que empezó a padecer crisis insospechadas a partir de la adolescencia, y al que tras muchas idas y venidas a la medicina oficial le supieron diagnosticar que padecía TLP, trastorno límite de la personalidad. En inglés BPD, o sea, Borderline Personality Disorder and Emotion Dysregulation.

El problema del TLP es que abarca un complejo ámbito de conductas extremas, generalmente con muy mala relación con los demás y escasa capacidad de control emocional. Digamos, de un modo muy simplificador, que no son locos aparentes sino personajes que en diversas circunstancias rozan lo estrambótico, individuos de personalidad extrema. Obviamente, la convivencia con ellos es muy difícil por no decir imposible, aunque existen muchos grados patológicos y en según qué estados hay tratamientos eficaces. Un problema en algún punto parecido al de las personas que sufren trastorno bipolar, los antiguos maníacos depresivos, cuya conducta es todavía más oscilante que en los episodios del trastorno de la personalidad. En cualquiera de los casos o grados, la TLP no es ninguna broma; hablamos de un rango más allá de la aparente normalidad en individuos muy complejos, a menudo extraordinariamente inteligentes, y que pueden confundirse con malestares depresivos o con la inmadurez emocional de síndromes como, por ejemplo, el de asperger.

Mi prima Carmina lo intentó todo para sanar a su hijo. Recorrió consultas, ambulatorios y hospitales sin éxito. Nadie le supo explicar cómo actuar, nadie supo recomendarle una asistencia especializada, un centro de atención… Tan solo encontró refugio y comprensión en otros seres humanos que se encontraban en su misma situación. Los familiares de los pacientes, como en tantas otras ocasiones, crearon una asociación, la ASVATP, formada por enfermos y familiares y cuya fuente de conocimiento ni siquiera es española sino británica, la NEABPD Spain. Ellos no necesitan más leyes sanitarias por más que se ciñan a la salud mental. Saben que, en un mundo moderno cada vez más complejo, donde los comportamientos regulados por largas tradiciones y pensamientos más o menos espirituales, mitológicos y religiosos han ido desapareciendo, las conductas inadaptadas se multiplican. Todos estamos enfermos, pensaba Sigmund Freud ya en el siglo pasado, y no tenemos cura, solo podemos aspirar a sobrellevarlo de la mejor manera. Mi prima Carmina, una mujer de coraje me ha pedido que escriba sobre su caso para que la gente sepa qué ocurre en el centro de la vida cuando aparecen historias esquivas.

Carmina tuvo que convivir con su hijo bajo el signo del TLP. Le dejó su casa en Xàtiva porque la convivencia llegó a ser imposible. El niño se hizo joven y adulto, amagó con el suicidio en un par más de ocasiones. Su inadaptación con el mundo iba en aumento, la respuesta sanadora de la sociedad no existió. Aquellos viejos psiquiátricos represivos no fueron sustituidos por nada, el Estado salvífico delegó los enfermos a sus familias sin crear centros especializados, más humanos. La medicación con opioides y benzodiacepinas ha sido su única derivación, y vuelta a casa, a socializarse. Cuando, en realidad, todavía apenas sabemos casi nada sobre el equilibrio bioquímico que regula nuestra actividad neurológica. Mi prima Carmina quiere ser testigo ante todos nosotros de una problemática humana, demasiado humana pero muy veraz por más que desconocida para nuestra seguridad social. Al menos, en la familia Lagardera tenemos la fortuna de contar con una prima valiente y firme ante el curso de la vida.

 

Juan Lagardera.